Era
un fastidio pues ambos tenían muchos compromisos que atender y había sido
difícil fijar una fecha en el calendario en la que los dos estuvieran
disponibles. Sin embargo, los últimos días habían sido muy
lluviosos y tuvieron que aplazar la excursión al río Chíllar que habían tenido
en mente durante meses. Era sensato pues, la tierra estaba mojada y era
peligroso por lo resbaladizo del paraje.
Ellos pensaban, sin embargo, en el espectacular paisaje. En el olor
penetrante a tierra mojada. En el verdor brillante de las hojas. En el piar
mañanero de los pájaros. En el sonido del agua descendiendo por el cauce. En el
atardecer que verían desde el coche una vez terminaran la excursión con ésa
obra de Tchaikovski de fondo que tanto les gustaba...Y las ganas e impaciencia
aumentaban.
El día se presentaba nublado pero la ausencia de lluvia y las predicciones que
anunciaban algunos claros les alentó para, por fin, decidir que al día
siguiente irían al río. Fueron al supermercado, compraron embutidos, pan y una
tableta de chocolate negro con pepitas de café.
Se
levantaron hacia las 6 de la mañana y desayunaron tostadas con aceite y café
bien cargado mientras comentaban ése artículo que habían leído en una de
las columnas del periódico de la semana pasada. Hablaron con qué rellenarían
los bocadillos, cuántos llevarían y qué meterían en las mochilas.
Ya
tenían preparada la música del coche, los chubasqueros, los bastones y las
botellas de agua y sólo les quedaba terminar de vestirse.
En menos de una hora en coche, estaban en el punto de partida, dispuestos a
comenzar su andadura.
Había
muchos escarpados pero ésta no era la primera excursión que hacían y conocían a
la perfección cómo debían descender cuando las condiciones no eran las idóneas.
Suponía una emoción mucho mayor, pues cuando llegaban al receso y miraban hacia
arriba, la sensación de verse rodeado por naturaleza era tan envolvente que les
obligaba a continuar andando para repetir el placer de dicha sensación.
Y se acordaban de todo el tiempo que habían estado soñando con el olor a tierra
mojada y el sonido del agua descendiendo por el cauce.
Ahora,
miraban a su alrededor deseando que el momento no acabase, que no tuvieran que
volver al coche y regresar a casa y al día siguiente vuelta al trabajo...hasta
que pudieran fijar una fecha en la que contemplar la naturaleza de
nuevo.
Metían sus manos en el agua, jugaban a adivinar el animal que había dejado sus huellas cerca de unos agujeros concéntricos, hablaban de lo mucho que les gustaba no tener que hablar para poder comunicarse y saberse en perfecta conexión.
Se miraban y difrutaban de lo que había delante de sus ojos como si estuvieran delante de una pintura de Monet y estuvieran escuchando Nessun Dorma interpretado por Pavarotti.
La naturaleza, la música, la pintura, la lectura, la informática habían formado una parte fundamental en sus vidas desde que hace 20 años fueron diagnosticados y posteriormente intervenidos de laringectomía total. Habían sido grandes fumadores durante su juventud y tuvieron el placer de conocerse cuando ambos eran ya expertos en disfrutar la no emisión de ruido. Así lo veían ellos.
Sentían deshacer las nubes cada vez que sus manos se entrelazaban, sentían el tacto del nórdico al rozar su piel, como plumas dentro de pompas de jabón y la suavidad del pie de un recién nacido.
Después de la jornada de trabajo, seguían en casa desde sus ordenadores uno frente al otro y de vez en cuando se miraban y sonreían. Estaban juntos. Sabían de lo importante de una compañía, de un otro, reflejo y complemento del uno.
Pisaban el cesped húmedo del jardín percibiendo el cosquilleo de la hierba entre los dedos de los pies, bailaban cada noche "Strangers in the night" en la cocina antes de ir a dormir y desayunaban churros los domingos.
La habitación se inundaba de olor a ropa limpia cuando doblaban las sábanas. Discutían tratando de comprender el porqué uno había discurrido de tal o cual forma y se abrazaban con palabras de confort y cocktails viendo el atardecer en el Paseo de los Tristes.
Ya de vuelta, por la carretera, en una de ésas rectas inacabables, se buscaban con los ojos al recordar cuántas veces habían hablado de lo mucho que les gustaba recorrer rectas. Les encantaba tener un camino interminable ante sus ojos, como la vida.
Recordaron aquella recta de 25 km en la carretera local entre Tomelloso y Socuéllamos en aquel inolvidable viaje del verano de hace ahora 6 años. Rectas que parecían interminables pero, cómo aquella, en el kilómetro 26, dejaban de existir.
Acariciaban sus etapas de la vida conforme éstas iban diciendo adiós y saludaban con energía las nuevas entradas de año sabiendo que todo les seguiría yendo bien. Que seguirían bailando en la cocina y desayunando churros los domingos.
Retroalimentaban y desafiaban su cerebro, alimentaban sus emociones y comprendían sus necesidades individuales más profundas en una perfecta combinación.
Si pudieran hablar sobre todo ésto, sobre lo que no dicen, no lo harían.
Todo lo que han leído, visto, escuchado, contemplado y vivido supera infinitamente cualquier mera descripción, no hay cabida en las palabras sino en la vida del que lo vive y así se perpetua en nuestro cerebro, en nuestro corazón y en el recuerdo.

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