El sentimiento que te produce lo desconocido puede ser maravilloso si lo tomas de ése modo.
Para ser precisa, no nos da miedo una situación sino el resultado de ella. Las situaciones en sí no dan miedo sino el qué y el cómo vamos a afrontarlas. El miedo se disipa en la solución.
Yo no tengo miedo, me tengo a mí. Sé que ante cualquier situación de la que pueda desprenderse miedo, ahí, estoy yo. Nadie va a querer que se resuelva más sino yo y ya me valdré de carambolas espacio-temporales para llegar a la solución.
No importa el tiempo, la distancia, la compañía o el lugar, éso son factores muy versátiles que fugazmente se pierden en las épocas de la vida.
Las realidades son relativas y efímeras y pueden gustarnos o no. Nosotros somos eternos en nuestro ser, sentir y trasmitir. No es físicamente posible que lo efímero pueda a lo eterno.
Lo desconcertante puede resultar atractivo y dar alas a ideas aburridas, estancadas y mustias. ¡Qué bonito es jugar a imaginar! Imaginar que estás en invierno cuando estás en verano, imaginar que estás en la década de los 50 en lugar de los 20 o viceversa, imaginar que vives en una época histórica diferente, imaginar que puedes ver mañana mismo a personas que están lejos.
La imaginación se presenta refugio del miedo. Podemos pensar que todo irá bien y que estamos encantados de la vida. No es ningún disparate y reflexionando con calma lo expuesto, es completamente cierto. Ha dejado de ser una imaginación.
No es justo concederse el privilegio de imaginar cuando lo que imaginas es real. Apróvechate de éso que no tienes que imaginar y saboréalo. ¡Ya habrá cosas que tengamos que imaginar!
Así pues, hoy voy a dejar de imaginar que estoy lejos porque no lo estoy. Dejaré de imaginar que echo de menos, porque echar de menos es pasajero. Lo pasajero, relativo. Lo relativo, fugaz. Tan fugaz como el tiempo que queda para veros.
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